Motos van, motos vienen y nunca se detienen.
Paro frente a un semáforo. A lo lejos diviso un Oficial de Tránsito, anunciado, evidente, visible. Luego de unos segundos, desaparece de mi vista con la aparición repentina de un motociclista frente a mi vehículo. ¿De donde provino? ¡No lo sé!
Mi enfoque cambia y se dirige a mis laterales. Veo que pasan por la derecha e izquierda una, dos, tres motos más y todas confluyen frente a mi vehículo en un espacio inexistente desde el punto de vista de la lógica vehicular; no hay nada frente a ellos más que el espacio que ocupan los carros y camiones que hacen uso de su luz verde, en tráfico que se desplaza perpendicular a nuestra posición inmóvil, detenida y expectante al lado rojo del semáforo. De repente, un motorizado avanza sobre la acera, baja por la cuneta con toda la calma y pomposidad, y se coloca frente a las demás motocicletas como declarando su astucia, proveedora de derechos invisibles sobre los demás.
Qué curioso, ninguna de esa motos respetó a los otros conductores al aventajar en línea continua, en tráfico detenido y no se mosquearon obstruyendo a los conductores que legalmente obedecieron las leyes automáticas y visuales del semáforo que operaba en esa intersección. Ninguna motocicleta respetó el "espacio" que cada automotor tiene derecho y obligación de acatar. Uno de ellos transportaba, además de su conductor, a una dama que entre el primero y la segunda, cargaba lo que pude deducir por sus pies, era un infante. El conductor portaba casco, la dama lo llevaba sujetado de su mano derecha, mientras que con su izquierda, asumí sostenía de alguna forma, al presunto infante.
De repente, mi vista se amplió de la carga súbita de motos a mi derredor y noté que el conductor del vehículo a mi derecha -pues era una calle de una vía y doble carril-, sufría en mismo ataque cubriéndonos a ambos, la totalidad del frente. Tras de mí, habían otras motos que sin ser tan agresivas, evidentemente habían avanzado pero no habían logrado posicionarse delate de todos. Digo evidentemente, porque al detenerme, logré ver por el espejo retrovisor a una camioneta Toyota color gris; pero ahora, eran cascos de diferentes colores que dejaban entrever ojos, anteojos y visores de diferentes colores y tamaños.
El semáforo súbitamente cambió a verde y no pude arrancar pues la jauría de motos, organizada a su manera, arrancó, unos más pronto que otros. Eventualmente si pude avanzar y lo hice con cuidado porque la moto que transportaba a una familia, me había robado la atención y preocupación de conductor consciente de mi entorno.
¡Oh sorpresa!
Al despejarse los moto-conductores, veo que el Policía que había desaparecido entre el tumulto de motores de 200 cc y las llantas de tacos, sale de su posición, se proyecta en medio de la calle, y me hace señas para que me detenga.
-"Su licencia por favor"- me dice.
-"¿Pero Oficial, puede decirme porqué me paró?"- pregunté.
-"Por que pisó la raya continua"-
Paro frente a un semáforo. A lo lejos diviso un Oficial de Tránsito, anunciado, evidente, visible. Luego de unos segundos, desaparece de mi vista con la aparición repentina de un motociclista frente a mi vehículo. ¿De donde provino? ¡No lo sé!
Mi enfoque cambia y se dirige a mis laterales. Veo que pasan por la derecha e izquierda una, dos, tres motos más y todas confluyen frente a mi vehículo en un espacio inexistente desde el punto de vista de la lógica vehicular; no hay nada frente a ellos más que el espacio que ocupan los carros y camiones que hacen uso de su luz verde, en tráfico que se desplaza perpendicular a nuestra posición inmóvil, detenida y expectante al lado rojo del semáforo. De repente, un motorizado avanza sobre la acera, baja por la cuneta con toda la calma y pomposidad, y se coloca frente a las demás motocicletas como declarando su astucia, proveedora de derechos invisibles sobre los demás.
Qué curioso, ninguna de esa motos respetó a los otros conductores al aventajar en línea continua, en tráfico detenido y no se mosquearon obstruyendo a los conductores que legalmente obedecieron las leyes automáticas y visuales del semáforo que operaba en esa intersección. Ninguna motocicleta respetó el "espacio" que cada automotor tiene derecho y obligación de acatar. Uno de ellos transportaba, además de su conductor, a una dama que entre el primero y la segunda, cargaba lo que pude deducir por sus pies, era un infante. El conductor portaba casco, la dama lo llevaba sujetado de su mano derecha, mientras que con su izquierda, asumí sostenía de alguna forma, al presunto infante.
De repente, mi vista se amplió de la carga súbita de motos a mi derredor y noté que el conductor del vehículo a mi derecha -pues era una calle de una vía y doble carril-, sufría en mismo ataque cubriéndonos a ambos, la totalidad del frente. Tras de mí, habían otras motos que sin ser tan agresivas, evidentemente habían avanzado pero no habían logrado posicionarse delate de todos. Digo evidentemente, porque al detenerme, logré ver por el espejo retrovisor a una camioneta Toyota color gris; pero ahora, eran cascos de diferentes colores que dejaban entrever ojos, anteojos y visores de diferentes colores y tamaños.
El semáforo súbitamente cambió a verde y no pude arrancar pues la jauría de motos, organizada a su manera, arrancó, unos más pronto que otros. Eventualmente si pude avanzar y lo hice con cuidado porque la moto que transportaba a una familia, me había robado la atención y preocupación de conductor consciente de mi entorno.
¡Oh sorpresa!
Al despejarse los moto-conductores, veo que el Policía que había desaparecido entre el tumulto de motores de 200 cc y las llantas de tacos, sale de su posición, se proyecta en medio de la calle, y me hace señas para que me detenga.
-"Su licencia por favor"- me dice.
-"¿Pero Oficial, puede decirme porqué me paró?"- pregunté.
-"Por que pisó la raya continua"-