Monday, July 11, 2011

La Tortuga Voladora, un Cuento para Niños y algunos Adultos

LA TORTUGA VOLADORA



En una hermosa playa, al sur del país llamada Playa Escondida, una vez al año cuando la luna está lo mas llena posible en el cielo, arriman miles de tortugas a desovar.  Cada una de ellas deja docenas de huevos de los cuales saldrán las nuevas generaciones.

Cuando nacen, los machos jamás volverán a tocar tierra; y las hembras, al llegar a su madurez reproductiva, regresarán cada año a esta playa que las vio nacer.

Pero una vez, hace muchos años, una de ellas que llegaba tarde, escavó rápidamente su hueco en la arena y apresuradamente dejó caer las varias docenas de huevos que traía en su fecundo vientre.  No percató sin embargo, que al tapar los huevos con la arena que esparció con sus aletas posteriores, uno de ellos rodó fuera, y al posarse, inadvertidamente, se camufló debajo de unas hojas secas.

Al amanecer, con la brisa matutina las hojas que taparon el huevo se dispersaron dejándolo expuesto.  El sol que al salir es tibio, calentó suavemente el frío que la noche había calado en las entrañas de este huevecito, pero amenazaba con cocinarlo, pues este mismo suave y tibio sol, al pasar las horas, se convertía en calcinador e inclemente.

Una pajarita de color azul y con pinceladas de amarillo y rojo en su pecho, llamada Anita, volaba por la zona buscando ramas y hojas secas pues estaba ya en la construcción de su nido.  Al bajar a la arena para escoger las últimas, mejores y más secas ramitas, se topó con el huevo que yacía solo.  Vio a la derecha y a la izquierda y solo vio arena.  Movió la cabecita de un lado a otro para apreciarlo mejor y se preguntó que hacía un huevo solo en medio de la arena.  Su naturaleza femenina cargada de maternidad la hizo compadecerse del posible destino de ese huevecito: morir de calor en el día o de frío por la noche; o ser devorado por un lagarto, serpiente o algún mamífero hambriento.

Tomándose un riesgo desconocido pues no sabía de qué ave o reptil podía ser ese huevo, lo tomo delicadamente en su pico y levantó vuelo.  Su nido ya casi por terminar, reposaba en un hermoso y fuerte gancho de árbol de Jícaro no muy lejos de la playa.  Delicadamente lo dejó caer y terminó de acomodar las ramas y hojas que había llevado en su viaje anterior.  Voló unas dos veces más para traer las ramas que faltaban para dar el toque final a lo que se convertiría en el hogar de su camada, y descansó.

Durante la noche, puso tres huevos.  Dos de ellos tamaño normal y uno un poco más pequeño.  Junto con el huevo que había recogido, los acomodó bajo los plumones de su pecho, y los comenzó a arrullar.  Pasaron los días y las noches.  Solo se le vio abandonar el nido por momentos para beber agua, recoger algún gusanito y para librar su cuerpo de excrementos, pues su nido debía mantenerse limpio.

Los días y las noches que parecieron largos, dejaron de serlo cuando empezó a escucharse dentro de los huevecitos, los primeros chirridos de sus vástagos.  Pronto empezaban a quebrar el cascarón con sus picos.

Primero salió un pajarito cuyo plumón era negro, llamado Pedro y cuando lo vio Anita con ternura lo acicaló y arrulló, seguido del segundo quién correctamente se llamó Segundo y de penúltimo, el pequeño huevo a quién bautizó Tito, por chico y bonito.  Unas horas más tarde, nació el huevo que había recogido en la playa.  Verde y bonita, Solita, que viendo a Anita, la buscó como madre, y no en vano, pues el cariño y ternura fueron recíprocos.

Pasaron los días y Anita muy presta volaba constantemente para que en el nido no faltara el alimento que traía en su pico y el agua en su pecho.  Crecieron juntos, como buenos hermanos, Pedro, Segundo, Tito y Solita.  Jugaban y se revolcaban, pero pronto el nido ya no era suficiente.

Solita empezó a realizar que era diferente pues en sus aletas no veía plumas y su pico se tornaba cada día más verde.  Veía a sus hermanos que de plumones desarrollaron hermosas plumas y cada día se asemejaban más a Anita, su madre.

Anita, veía a través de los ojos de Solita las preguntas sin respuestas pero solo las contestó con mas afecto y cariño, confiando en que con la base sólida del amor, todo se podía.

Llego la hora que las plumas de Pedro, Tito y Segundo los llamaron a probar el viento y uno por uno saltaron hasta alguna rama cercana desde donde levantaron vuelo siempre acompañados de su madre.  Solita veía todo esto y se preguntaba qué sería de ella.

Cuando Anita regresó al nido, se inclinó al oído de Solita y susurró estas palabras: -Hija, las diferencias no nos hacen menos, sino especiales, nutren el corazón de mayor comprensión por los demás y de mayor tenacidad para la vida.

Entonces, sujetándola de su concha, la arrimó al borde del nido y con más seguridad aún, le dijo estas palabras que siguieron sonando en esa bahía por muchos años: -Cuando hay fe, no hay límites.

Desde entonces, gente que ha visitado Playa Escondida ha sido tildada de loca o afectada por el calor, u otra cosa similar, porque aseguran, que temprano en esa bahía, surca los cielos una bella tortuga que batiendo sus aletas anteriores, vuela como pájaro y que con gracia se posa sobre la arena desde donde se dirige al vasto océano.  Los pájaros desde sus ramas parecen saludarla y despedirla y ésta, levantando una de sus aletas, pareciera despedirse de ellos.

No se sabe si esta historia es cierta, pero si sabemos que la fe logra imposibles y el amor, todo lo puede. 

Colorín colorado, este cuento se ha acabado…Fin

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